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Capítulo Trece

Caminó y caminó durante horas intentando distraer su pensamiento en cada uno de los escaparates con los que iba tropezando.

Ni siquiera la moda Berlinesa y sus fantásticas tiendas conseguían rescatarla de esa idea que golpeaba su consciencia insistente y constantemente.

Se detuvo ante Blush. Una ropa interior de color nude con encaje sobre un maniquí de medidas perfectas y pechos erguidos consiguió atrapar por fin su atención y alejarla de Mario. Sólo por unos instantes. Sólo hasta que se imaginó ante él con semejante ropa interior y gesto tímido. Fue entonces cuando descubrió a través de su propio reflejo en el escaparate, una inmensa sonrisas. Aquella sonrisa contenía la emoción de un primer beso, la angustia de un desamor. Estaba repleta de esperanzas y de perdón pero también de decepción y de expectativas frustradas. Se descubrió ante sí misma como una mujer enamorada y, aunque Lucia no tenía demasiada experiencia en materia emocional, era capaz de reconocer esa estúpida y adolescente sonrisa. Un “click” se activó en su mente y también en su corazón. Sabía que se debía a sí misma, por lo menos, la oportunidad de intentarlo.  

Entró en la tienda y compró el conjunto de lencería. Quedaba en su cuerpo tal que un guante y le realzaba las curvas de una manera elegante a la par que erótico. Por un momento, estuvo tentada de llevarse también los ligueros, pero creyó que generarse de nuevo tanta expectación, no podría sino que ir contra de sí misma.

Lucia no era el tipo de mujer que tenía relaciones sexuales en la primera cita. Era una mujer de su tiempo, moderna y sin demasiados tabús en cuanto al sexo, pero en el fondo, era una romántica clásica que necesitaba sentirse –aunque no siempre lo estuviera realmente- enamorada, para verse capaz de cruzar esa línea de entrega que le parecía tan importante.

Entregar su cuerpo a otra persona no era exactamente el problema, pero sí entregar todo aquello que implicaba tener sexo con alguien tal y como Lucia lo entendía, dando hasta la última esencia de sí misma y abriendo las puertas de su alma para compartir ese momento al máximo y desde el sentimiento.

Sus amigas, a menudo, hacían bromas a su costa, pero a Lucia jamás e importó sentirse diferente en ese aspecto. Estaba segura de que esa, era la única manera en la que  sabía hacerlo.

Con la sonrisa aún enganchada en los labios, la bolsa de Blush entre las manos con el conjunto de lencería sexy y el paso un tanto más apresurado, se dirigió hacia el apartamento dispuesta a dejar que la compensaran, y dispuesta también, a conquistar un nuevo sueño.

********

Cuando llegó al apartamento Sophie no había llegado aún. Todo estaba silencioso y en calma. Pensó en hacerse un café, en darse un baño, en poner música…pensó en qué hacer cuando cayó en la cuenta de que aún no había contestado el mensaje de Mario, así que, fiel a su manera meticulosa de hacer las cosas, construyó el escenario perfecto para hacerlo.

Primero se descalzó, se recogió de nuevo el pelo en una coleta, dejó en su habitación el bolso y la agenda y se quitó la chaqueta en busca de comodidad. El apartamento era muy cálido así que no sentía nada de frío.

Calentó agua para un té y, cuando estuvo lista, se sentó en el sofá teléfono en mano.

Se sentía enormemente expectante y, con un sutil temblor de manos, recuperó de su buzón el mensaje de Mario y se dispuso a contestar.

Justo cuando estaba a punto de empezar a escribir se dio cuenta de que no había pensado en qué iba a decirle. Tenía claro que deseaba como nada en este mundo “dejarse compensar” pero tenía que ser prudente a la hora de escribir el mensaje.

¿Qué imagen quería darle? ¿Qué pretendía transmitirle? Lucia nunca fue demasiado estratega para este tipo de asuntos así que, dejándose llevar una vez más por el impulso y por la absoluta honestidad y transparencia que le caracterizaba, escribió sin más.

“Dejaré que me compenses, propón hora y lugar. Beso”

Y antes de que su razón pudiera filtrar y analizar el mensaje, ya había pulsado el botón de enviar.

La respuesta no tardó más de 30 segundos en llegar.

Como si Mario estuviera pegado al teléfono esperando el mensaje, el timbre del aparato no se hizo esperar ni siquiera el tiempo suficiente para que Lucia pudiera arrepentirse.

“360º. Te veo allí a las 8pm. XXX”

Escueto, sencillo y directo. Así era el mensaje de Mario. Tanto, que Lucia por un momento dudó si aquel, seguía siendo el Mario seductor y juguetón que había conocido dos días antes en el avión. Tan sólo habían pasado dos días, pero lucia tenía la sensación de haber vivido media vida. Algo había cambiado dentro de ella. Su mundo se estaba reconstruyendo alrededor de nuevos valores y de nuevas aspiraciones y parte de la responsabilidad, era de aquel hombre atractivo de ojos verdes y vida desconocida para ella.

Estaba lista para descubrirlo y esta vez, nada iba a impedirle saber que escondía aquella aventura.

*********

Con la sonrisa aún enganchada en los labios miró el reloj. Ya eran las 6pm. Apenas tenía una hora y media para arreglarse.

En aquel momehto se escucharon las llaves y la puerta. Sophie había regresado.

Al verse, una sonrisa de absoluta complicidad dio respuesta a todas las dudas de una y de otra. Ambas sabían qué había ocurrido pero, con la naturalidad de que quiere y acepta, no hicieron falta palabras.

– Hola querida, ¿qué tal tu primer día?

– Bien Sophie. Muy bien. Tengo un despacho estupendo, la gente es…uauuuuu! Genial y la acogida no podía haber sido mejor.

– ¡Como me alegro! – dijo Sophie sonriente y verdaderamente feliz.

Estas…radiante! ¿Algo que yo no sepa? ¿Qué tal anoche con el chico misterioso?

Ohhh! Claro!!! Sophie no sabía qué había ocurrido la noche anterior. No sabía nada del plantón ni de la borrachera ni del llanto. No le había explicado nada de lo sucedido y, en realidad, era demasiado complejo para darle los detalles ahora.

– Bien…., bueno… en realidad, anoche fue un desastre Sophie. Mario no se presentó, bueno, de hecho sí lo hizo pero yo ya me había marchado. – ¡Ya te explicaré! Dijo mientras alzaba la mirada con un gesto de absoluta exageración.

– Está bien señorita, pero recuerda que se te están acumulando el trabajo de historias pendientes por explicar –y le hizo una mueca tal que si la regañara.

– ¡Tiene usted toda la razón!

Y con una carcajada rompió el ambiente de seriedad fingida que ambas estaban representando.

– ¡Sophie! – le dijo Lucia con gesto de arrepentimiento.

– Esta noche voy a salir. Tendremos que dejar nuestra cena para otro momento ¿Desayunamos juntas?

– Pero…entonces…¿con quién? ¿Mario? – preguntó con tono de desaprobación.

– Sí. Quiere compensarme – dice- así que voy a darle la oportunidad de que se exprese y me cuente.

– Está bien Lucia. Si eso es lo que quieres…está bien.

Y Lucia supo en ese momento que Sophie estaba en desacuerdo con su decisión. No obstante, la actitud y el gesto de Sophie, no iban a hacer cambiar de opinión a Lucia. De hecho, nada iba a hacerla cambiar de opinión.

********

Para aquella ocasión escogió un vestido de seda color nude con forma evasé. Caía por encima de sus rodillas con una ligereza propia de una pluma. Acentuaba sus formas. Bajo el vestido, el conjunto de lencería comprado en Blush que escondía sus ansías más ocultas de dejarse admirar y poseer por aquel hombre. Lo cierto es que hubiera podido lucir los ligeros bajo aquel vestido, pero se sentía igualmente sexy sin ellos.

A pesar de que las chicas berlinesas estaban acostumbradas, tal y como dictaba la tendencia neoyorkina, a vestir sin medias, Lucia no consiguió acostumbrarse a la temperatura gélida de la ciudad y decidió ponerse una medias en color natural.

Dejó su pelo suelto, maquilló sus mejillas y sus ojos y perfumó los rincones más comprometidos listos para ser descubiertos. Estaba decidida. Aquel hombre le gustaba con locura y esa noche, nada iba a impedir que sus intenciones de conquistarlo se viesen acechadas.

Al salir de la habitación se encontró con Sophie. Los ojos de ésta se abrieron de par en par y ni siquiera intentándolo, pudo evitar que Lucia se diera cuenta de su gesto de sorpresa.

– ¿Voy demasiado….no se! demasiado?? – dijo Lucia con la inseguridad de quien teme decepcionar.

– Nooo. Estás….esto….!!estupenda!! – es un hombre afortunado.

– Gracias Sophie. Voy a marcharme antes de que se ma haga tarde.

Salió por la puerta echa un puñado de nervios. Cierto! Nunca antes se había sentido tan decidida y nunca antes había tenido tan claro qué sentía por Mario. Era su noche y todo iba a ser perfecto. Iba camino a conquistar aquella situación con las ideas muy claras. Primero, le pediría explicaciones y le preguntaría acerca del incidente de la noche anterior y después, quería saberlo todo acerca de él. Sin zapatos y con una copa de vino, liberados de cualquier presión, con la libertad que sólo te da el querer entregar hasta el último secreto. Explicándose la vida y exprimiendo hasta el último momento. Era su noche sin duda y iba a conquistar ese momento.

Llegó al restaurante. Las piernas apenas se le sostenían de manera rígida. Pero, ¿por qué estaba tan nerviosa? Por un momento sospechó que podría ser que él no estuviera. Por un momento sintió el miedo de no encontrarle allí.

Llegó a la última planta. Las vistas desde allí eran realmente espectaculares. Miró hacía derecha e izquierda en un intento de contemplar y atrapar con sus cinco sentidos aquella maravillosa imagen. Podría haber jugado a la caza de monumentos como cuando era niña, pero en ese momento, tenía cosas más importantes que hacer. Un camarero vino en su búsqueda y le indicó la mesa dónde la estaban esperando, y allí estaba él. Impecable.

Avanzaba por aquel pasillo acristalado con su mirada clavada en la mirada de Mario. Les separaban unos 15 metros  pero, a pesar de la distancia, podía advertir perfectamente el brillo de sus ojos y sentía su sonrisa.

Mientras caminaba, lentamente y dejándose observar, el vestido acariciaba sus muslos y sentía el encaje de la ropa interior sobre su piel. Esa sensación le hacía sentir sexy y a juzgar por su paso firme y su caminar elegante,  Lucia se sentía poderosa y iradiaba belleza.

– !Hola! – dijo Lucia con un hilo de voz practicamente inapreciable.

–  Buenas noches Lucia . Puntual.

Su tono era sereno e incluso divertido. Lucia sintió como si se conocieran de toda la vida.  No había nada extraño entre ellos. No habían barreras, no habían obligaciones, eran unos perfectos desconocidos pero entre ellos fluía una magia digna de las relaciones más veteranas.  Lucia se sorprendió de que Mario no se justificara a la primera oportunidad de lo que había sucedido la noche anterior. Le pareció extraño que no le pidiera disculpas y, aunque el hecho de no sacar el tema ayudó a que el principio de aquella noche fuese más dulce, en realidad se extrañó de que obviara su error de una manera tan natural.

Empezaron con una copa. Lucia agradeció enormemente aquellos sorbitos de champagne, necesitaba rebajar tensiones y sentirse menos nerviosa. Pero, ¿qué capacidad tenía aquel hombre para hacerle perder los papeles? Fuese como fuera, Lucia en ese momento estaba absolutamente entregada.

Después de empezar con el primer plato que gentilmente escogió Mario por ella, la conversación se fue animando. Rieron, compartieron y se explicaron. Se miraron y se mimaron. Se desearon y se aprendieron.  Incluso por un momento, sus piernas se rozaron casi sin intención por debajo de la mesa y de nuevo ese escalofrío le recorrió la espina dorsal a Lucia y, a juzgar por el gesto repentino de Mario, también él debió sentirlo.

Ninguno de los dos había pronunciado aún la pregunta temida. Él esperaba el momento de la misma manera que lo esperaba ella, aunque ninguno de los dos se atrevía. Sabían que el momento llegaría pero tenían tanto miedo como ganas. Lucia le dió un último y gran trago a su copa de champagne y mirandole a los ojos fijamente se atrevió, interrumpiendo así su discurso animado.

– Mario, ¿hay alguien en tu vida? – su voz entonces se volvió aún más temblorosa.

– Sí Lucia. Hay alguien. Se llama Rebeca y llevamos saliendo algunos meses pero…lo que he sentido desde el primer momento que te ví…es….tan especial que…..

Lucia sintió una punzada en el pecho que la destrozó. Sus ojos se humedecieron, sus musculos se aflojaron y sintió una especie de pánico que no era capaz de controlar. Intentó pensar lucidamente en cuál era la respuesta más adecuada pero tan sólo fué capaz de cerrar los ojos y suspirar. Le miró moviendo la cabeza de un lado a otro negando la verdadera evidencia sin querer creer lo que acababa de oir, y sólo fue capaz de  volver a mirarlo con los ojos llenos de decepción y decirle  con un hilo de voz…

– Esto no va a ningún lado. Acabas de romper un sueño. Llévame a casa, estoy cansada.

y Mario, asumiendo que sus palabras estaban repletas de rotundidad, no pudo más que asentir con la cabeza en un gesto de aprobación y indicarle al camarero que trajese la cuenta. 

Continuará….

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