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Capítulo Décimo

Encontró su vieja pitillera de piel marrón y cogió uno de sus últimos cigarrillos. Cada vez que encendía uno se prometía a sí misma que debía dejarlo.

Lo encendió y después de dar dos o tres caladas, sus nervios no desaparecieron, su indignación seguía en aumento, y el tiempo transcurría sin compasión por esa sensación de abandono que estaba sintiendo.

Miró el reloj una y otra vez sin dejar apenas tiempo a que las agujas del reloj avanzaran.

En ese momento, un señor con traje oscuro y de apariencia robusta se acercó a ella, y en un inglés no nativo le dijo:

– Disculpe señorita, la opera está a punto de empezar. Vamos a cerrar las puertas del auditorio.

El tono de voz de aquel señor era compasivo. Probablemente sospechaba que aquella, era una situación de plantón y sentía lástima por Lucia. ¿Lástima? Era justo el sentimiento que Lucia no podía consentir para consigo.

– Gracias. Había quedado con alguien pero….está claro que ese alguien no llega.

– Lo siento. – comentó el señor con voz prudente y gesto de decepción.

¿Cómo podía haberle hecho algo así? Había que ser muy canalla para quedar con alguien en una ciudad nueva y prestada y dejarla plantada. Pensó, mientras acababa su cigarrillo, que posiblemente debería haber una razón, pero no quería ni tan siquiera darle el beneficio de la duda. El resultado de cualquier combinación que ella pensara para justificarlo no tenía ningún sentido. Ni siquiera la había llamado para avisarla.

En ese momento, justo en ese instante, fue consciente de que le importaba demasiado que él no hubiera venido.

Lucia sintió una punzada en el pecho que la impedía incluso respirar. Se sentía mal, abandonada y sobretodo, estúpida. Estúpida por haber creído en un desconocido y haber permitido que su instinto la ilusionara hasta el punto de creer que Mario era un buen tipo y que entre ellos, podría existir una química especial. Se sentía absolutamente defraudada por ella misma porque no había previsto que este tipo de cosas, con este tipo de hombres, puede suceder.

Era una evidencia que Lucia no era una chica experta en hombres. Aún con su edad, era un tanto ingenua. Siempre creía en las personas y a menudo, se dejaba llevar por lo que el corazón le dictaba. Pensar que se había equivocado y que ahora estaba sintiéndose fatal por culpa de su exceso de confianza, aún le hacía sentir peor.

No quería identificarse con ese tipo de chicas que esperan a su príncipe azul y que creen en cuentos rosas pero, tampoco podía huir de quien era realmente. Una mujer extremadamente sensible, y romántica. Muy romántica.

Miró el reloj por última vez. No iba a concederle ni un minuto más. Ahora la rabia se había apoderado de ella y le había proporcionado toda la fuerza necesaria para recoger los trocitos de dignidad que andaban desperdigados por el suelo.

Los tomó uno a uno. Con el alma rota y unas terribles ganas de llorar.

– No vas a llorar Lucia Álvarez – se decía a sí misma mientras se disponía a tomar un taxi.

Avanzó hasta la carretera y vio un taxi llegar. De pie junro a la puerta y antes de subir, recorrió con la mirada toda la fachada de la Deutch Opera en un último intento de encontrarle. Ni rastro. Él no iba a venir y en el fondo, ella lo sabía. Subió al taxi.

Cuando le hubo indicado al taxista la dirección del apartamento, se acomodó, encogió sus piernas descalzándose uno de los zapatos, se abrió el abrigo y apoyó su cabeza contra la ventanilla del coche. En la radio del taxi sonaba Intermezzo de Cavallería Rusticana. Dejó que el sonido de aquella melodía calmara sus sentidos y entrara por cada uno de los rincones de su cuerpo. Dejó que la rabia huyera por cada uno de los poros de su piel, y lo hizo. En forma de lágrima…sintió como se deslizaba una lagrima por su cara, llevándose a su paso parte del maquillaje y también, toda la rabia que estaba sintiendo. No podía seguir conteniendo y después de la primera siguió la segunda, y la tercera…y cuando se dio cuenta, estaba llorando desconsoladamente sin poder poner freno al llanto.

Recordó entonces una frase que alguien, hace demasiado tiempo, le dijo al verla llorar.

“Llora, porque llorar es el único agua que limpia el alma”

Y así, convencida de que estaba quitándose de dentro toda la pena, siguió llorando sin remordimiento ni vergüenza.

Nunca antes Lucia se había sentido de esa manera y pensó que tal vez, lo que sentía, no era rabia, sino amor.

No daba crédito a ese pensamiento. No podía sentir tanto por alguien a quien no conocía. Es cierto, había leído en numerosas ocasiones que a veces las personas se enamoran de manera espontánea, que es una cuestión química, pero a ella no le podía estar sucediendo algo así. Ella, a pesar de ser impulsiva, tenía sentido común. No quería verse en esa situación. No quería estar enamorada –ahora no- y el sólo hecho de pensar que la persona a la que podría estar deseando fuera alguien capaz de dejarla plantada en esas circunstancias, aún le hacía sentir peor y más indignada.

En esa reflexión continua, en busca tal vez de manera inconsciente de encontrar motivos para sentirse mejor consigo misma, Lucia intentó entender los mecanismos que activan la sensibilidad de los hombres.

¿Se enamorarían de la misma forma que lo hacían las mujeres?, ¿Sufrían igual que nosotras? No tenía ninguna duda acerca de las diferencias entre sexos con respecto al amor pero, tampoco era habitual en ella sentirse así. Tal vez no era una cuestión de ser hombre o mujer…tal vez se debía a encontrar a la persona adecuada. Y si…¿solamente nos sentíamos así una vez en la vida? Y si…¿Mario era la única persona de la que jamás iba a enamorarse de esa manera tan inconsciente? Tal vez jamás volviera a saber nada más de él, quizás Mario saliese de su vida para siempre esa noche, pero sentía, tenía claro, que no iba a conseguir olvidarle nunca. Era un hecho, lo sentía así y ante una sensación tan rotunda, era difícil que Lucia se equivocara.

***********

El taxi paró delante de la puerta del apartamento. Lucia se secó las lágrimas y se recompuso. Sophie no podría entender tanto drama.

No había pensado en qué le diría a Sophie, pero tampoco le preocupaba. Ella era siempre muy comprensiva y la consolaría como la hermana mayor que nunca tuvo.

Sophie siempre había tenido un papel similar con ella, muy protectora, como de hermana mayor, y a Lucia, no le importaba en absoluto, de hecho, se sentía cómoda en esa relación, aunque a decir verdad, en las últimas horas había sentido a Sophie un poco ausente, un poco triste tal vez.

Lucia pensó que quizás había sido demasiado egoísta hablando sólo de ella y sin haberse interesado demasiado por Sophie. Quizás Sophie no estaba pasando por un buen momento. Tal vez necesitaba hablar o contarle algo. Se sintió mal por ello y se dispuso a olvidar su historia de esta noche y ofrecerle a Sophie una taza de chocolate caliente, buena música y compañía y una buena charla entre amigas.

Conforme subía las escaleras se sintió agotada. ¡Sufrir cansaba demasiado!

Al intentar abrir la puerta advirtió que estaba cerrada con llave y ello implicaba forzosamente que Sophie no estaba en casa. Recordó entonces la agradable sensación que sentía cuando al llegar a casa de sus padres, la puerta de la casa estaba abierta y sin la llave echada.

Ello quería decir que alguien la esperaba en casa, que la casa tendría esa calidez que solamente dan las personas y posiblemente, que su madre ya le habría preparado la cena y estarían todos esperándola.

Desde que vivía sola, esa sensación de soledad la perseguía, por eso, al venir a Berlín, tuvo claro que prefería aceptar la oferta de Sophie y vivir con ella antes que irse a un apartamento a vivir sola. Lucia era una mujer independiente y fuerte y no le importaba no vivir con nadie, pero tenía muy clara la diferencia entre la sensación de estar y la sensación de sentirse sola, y en este momento, ella se estaba sintiendo muy sola.

En un primer momento esa sensación le produjo más dolor si cabe, pero al pensar en ello, agradeció la oportunidad de poder meterse en la cama y dormir. No quería pensar en nada. No quería hablar con nadie. No quería compadecerse de ella misma pero, teniendo en cuenta el estado en el que estaba, la mejor opción era recogerse en sí misma y olvidar aquella noche.

Encontró en la puerta de la nevera una nota de Sophie fijada con un imán de esos horrorosos que suelen traerte de souvenir por compromiso.

“Salgo a cenar con los chicos.

Volveré, seguro, antes que tú.

Besos, Sophie”

Cogió un vaso de leche fría de la nevera, apagó la luz de la cocina, y se dirigió a su habitación.

Mientras se desnudaba, miraba aquel vestido negro colgado en la percha.

Era increíble la cantidad de cosas estúpidas que llegaban a hacer las mujeres cuando, empujadas por el ego, se sentían deseadas. Era increíble cómo las mujeres se vestían, se maquillaban, se perfumaban para hombres que, podían abandonarlas a ella junto con sus sueños. No estaba segura de que si dolía más que la hubiera plantado, o haber perdido la oportunidad de haber sabido más de Mario.

Era una historia que se repetía una y otra vez. En cualquier ámbito social o económico, o en cualquier país, a cualquier edad…las mujeres nos preparábamos en la búsqueda constante de agradar a quienes nos gustan, y esa sensación era absolutamente ingrata y desmesurada.

Pensó en poner a cargar el móvil para tener mañana suficiente batería. Era su primer día de trabajo y no quería tener sorpresas. Lo buscó dentro del bolso y no lo encontró. ¡Pensó que quizás lo habría perdido!

– Oh! No!! ¡No puedo haber perdido el móvil! – dijo en voz alta alarmada. Este día a punto de acabar estaba siendo además de larguísimo, un desastre.

Miró por todos los rincones de la habitación, en los bolsillos de su abrigo color camel, en el bolso pequeño y en el grande y finalmente…ahí estaba! Justo encima del mueble del cuarto de baño.

Una sensación de miedo la invadió cuando vio el teléfono allí.

– ¿Y si Mario hubiera intentado avisarme? – pensó.

Cogió el teléfono y allí estaba él. La pantalla estaba repleta de pequeños avisos de color verde que marcaban 14 llamadas perdidas, 2 mensajes y un par de emails.

-¡Ohhh Dios mío!! – la había llamado.

Miró una a una las llamadas. Había tan solo intervalos de unos 2 minutos entre llamada y llamada.

Después miró los mensajes:

El primero le decía que se retrasaba porque había calculado mal el tiempo y el tráfico era horroroso.

El segundo mensaje le decía que no llegaba a tiempo y que le proponía un plan B. Ir a cenar una hamburguesa a un lugar espectacular y dejar la opera para otro día.

“Espérame, no salgas corriendo” decía su segundo mensaje.

– ¿Espérame? ¿Qué le espere? – Dios, se había marchado y no habría estado allí para cuando él llegara. Por un momento se sintió realmente culpable.

¿Y ahora que se supone que debía hacer?, ¿Debería quizás llamarle y disculparse?

La resaca del dolor era demasiado intensa como para olvidarse de todo y llamarle. En realidad, a pesar de que él la hubiera llamado, la había dejado plantada, era un hecho.

Decidió seguir en su lugar, por primera vez en su vida, e interpretó que, algo que empieza de esa manera, no debe de tener un gran futuro, y en un ejercicio totalmente obstinado de querer olvidarle, apagó el móvil, cogió un último cigarrillo, y empezó a olvidar.

Continuará….

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