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Capítulo Noveno

Con Mario al otro lado del teléfono Lucia de nuevo volvió a sentir ese escalofrío que ya le resultaba familiar. No tenía nada pensado, no sabía que iba a decirle, no tenía ni idea de por dónde empezar. Sólo sabía que él le había devuelto la llamada rápidamente y que eso no podía ser una mala señal. Mientras procesaba a un ritmo frenético toda esa información y el montón de sensaciones que la invadían, se dio cuenta de que en su rostro una espléndida y a la vez adolescente sonrisa se había apoderado de sus labios. ¿Cómo podía él provocarle tales sentimientos? Esa sensación, en realidad, le hacía perder reflejos y la invalidaba a mostrarse estratega. La dejaba prácticamente desnuda antes él, voluble, desarmada y débil. Lo sabía. Era consciente, pero no podía luchar contra sus propios sentimientos así que, se dejó llevar.

– Hola Mario. Sí, soy una chica obediente. Vi tu nota en mi bolso y seguí tus indicaciones. ¿Aún por Berlín?

De esa manera, Lucia intentaba averiguar si la estancia de Mario era ocasional o si vivía en Alemania.

– Sí. Aún por Berlín – contestó escueto y parco en explicaciones.

– Ohh, bien. ¿y con muchos planes? Aún me queda un día libre antes de empezar a trabajar.

Se había lanzado a dejar la puerta abierta para una invitación. Sentía a toda costa que necesitaba verle y pensó que no era momento de hacerse la dura ni la enigmática. Para eso, ya estaba él!

-Bueno, en realidad, tengo la agenda bastante llena. Soy un hombre complicado Lucia. Hoy estoy en Postdam, fuera de la ciudad. Va a resultarme difícil encontrar un momento.

El gesto de Lucia fue decayendo conformo las palabras de Mario cobraban forma. Decepcionada como cuando a un niño le privan de su mejor chocolate, Lucia no pudo evitar que la rabia se reflejara en su rostro.

Expectante, Sophie seguía contemplando como transcurría la conversación y con gestos, intentaba animarla a que le preguntara que hacia mañana para comer.

Lucia sabía que al día siguiente iba a tener un día complicado. El aterrizaje a su nueva oficina, la más que probable comida con el director,…no era un buen momento para adquirir compromisos y además estaba enfadada porque ella quería ver a Mario hoy.

– De acuerdo, no te preocupes. Seguro que cualquier día la casualidad volverá a hacernos encontrar. Quien sabe…quizás en otro vuelo. – contestó Lucia con cierto tono sarcástico.

– Escucha, hagamos una cosa: Yo intentaré librarme de los compromisos que tengo aquí y si puedo escaparme…te llamó. ¿Te parece?

Ahora el tono de Mario se había vuelto conciliador. Claramente, él había sentido a través del teléfono la decepción de Lucia y por eso había cambiado su forma de hablarle. No quería decepcionarla y sobre todo, no quería cerrar ninguna puerta.

Cabe decir que Mario no era muy amigo de las conversaciones telefónicas. Su máximo activo era la espontaneidad que mostraba en el cara a cara y lo cierto es que los primeros minutos al teléfono no fueron lo que se dice muy seductores. Era más bien seco y parco y parecía incluso distraído.

Lucia pensó que quizás tenía delante mientras le hablaba a alguien que le incomodaba. ¿Una mujer quizás? Esas cosas se notan. ¿Una mujer? Y no pudo entonces evitar una punzada en el pecho tal que una daga cuando enviste a su víctima. ¿Eran celos quizás?

– Me parece –dijo en un tono resignado y poco convencida-  Estaremos por casa hoy arreglando y organizando maletas.

– Perfecto Lucia Álvarez. Ten por seguro que si hay un minuto libre durante el día de hoy, ese será para ti.

Y como por arte de magia a Lucia le apareció una intensa y deslumbrante sonrisa.

– De acuerdo. Creeré en lo que me dices.

-Eso está bien. Al final será cierto que eres una chica buena – dijo Mario en tono jocoso.

Lucia sonrió. Con una de esas sonrisas capaces de traspasar el hilo telefónico.

– Hasta luego.

– Hasta luego – dijo ella.

Sophie estaba muerta de impaciencia por escuchar lo que él le había dicho. Era cierto, aún mantenía cierto sentimiento de decepción, pero en el fondo, sus palabras, le había dado un puñado de esperanzas que estaba dispuesta a hacer suyas. Estaba convencida de que se volverían a ver. Se había sentido cómoda, como si le conociera de toda la vida. En realidad, apenas había compartido un par de horas y Lucia sentía que podía llegar a él, que podía confiar en él. No entendía muy bien porque le ocurría pero era un sentimiento que a cada minuto, cobraba más fuerza.

– Bueno ¿y qué? – grito muerta de excitación Sophie.

– Tiene el día ocupadísimo. Pero dice que si tuviera un minuto libre….seria mío. Que lo intentará.

– ¿Y? – Preguntó Sophie levantando una ceja y mostrando un gesto un tanto chulesco en plan divertido.

– Y me llamará Sophie. Lo sé. Porque aunque te parezca una chiquillada…lo siento aquí. Y señalando su pecho y con la felicidad de una adolescente recién besada por primera vez, le dio el ultimo sorbo al café.

– ¡Voy a organizar mis maletas!

Y en una explosión de júbilo, saltó de la mesa y se dispuso a ir a su habitación.

Cuando estaba llegando a la puerta del comedor, reparó en que no había cogido su teléfono mobil y se giró rápidamente para recuperarlo. Y allí seguía Sophie sentada. Con el gesto un tanto abatido, raramente triste, y con una mano sosteniendo su barbilla y la mirada perdida al frente. Apenas hacia 10 segundos que estaban ambas sonriendo y celebrando la llamada de Mario pero, en aquel momento, Sophie permanecia absorta, ausente y profundamente triste.

– Eiiiii mi chica! ¿Qué te ocurre? – le dijo Lucia aún bromeando.

-Ups! Me quedé atontada Lucia! – contestó con un tono de voz poco creible.

– ¿Estas bien? ¿De verdad?

– Claro tonta! Más que bien. Estoy feliz por tenerte aquí y por tenerte feliz! Venga va!! Ves a deshacer tus maletas.

– De acuerdo.

Y Lucia se dirigió a su habitación para disponer toda su ropa y a organizarlo todo.

**************

Era pasado medio día. Lucia ya había colocado todas sus cosas y volvía a necesitar una ducha. Estaba agotada. El pelo seguía húmedo y enroscado en una coleta pero las manos estaban ásperas de haber tocado tanta ropa, armarios, cajones y de haberlo organizado todo.

Bajó la música que sonaba en su Iphone y le preguntó a Sophie con un grito.

-Sophieeee!!!!! ¿Me da tiempo a darme una ducha o preparamos la comida?

Pero Sophie no la escuchó. Le dio al pause y dejó descansar a Angela Gheorgiu que deleitaba con una Madame Butterfly de Puccini verdaderamente soberbia.

Cuando llegó al comedor, Sophie estaba en su escritorio,  delante del ordenador. Estaba tan concentrada que no había escuchado el grito de Lucia. Al percibir su presencia, levantó la mirada y le sonrió.

Lucia provocaba a menudo ese tipo de reacciones en las personas con las que se relacionaba. Probablemente se debía a su gesto permanentemente alegre o la dulzura que contenía su mirada. Era una de esas personas que apetece tener cerca. De buena energía.

– Te he gritado espantosamente desde la habitación pero no me has escuchado! – le dijo Lucia.

– ¡Perdona!, estaba concentrada en un tema. El que me haya pedido fiesta hoy no implica que no dejen de molestarme con emails y con peticiones.

– ¡Esta bien! No te preocupes. Ya he acabado. No se si quieres que prepare la comida o me da tiempo a darme una ducha.

– Bueno….si te ofreces…! Estoy muerta de hambre!

– Perfecto. ¿Te parece que cocine una de esas tortillas de patata que tanto te gustan? – le preguntó Lucia con un gesto hambruno y glotón.

– Mmmmm….!Claro! Me apetece muchísimo.

– ¡Eso está hecho! ¡Oído cocina!

.- Así que se dispuso a cocinar para Sophie. En realidad estaba feliz y contenta sin saber muy bien por qué. La llamada de Mario le había animado y sentía esas cosquillitas propias de estar viviendo una experiencia emocionante. No dejaba de mirar el móvil cada cinco minutos, es evidente, con el miedo de perder la llamada de Mario si, por casualidad, encontraba esos cinco minutos prometidos y que tenían propietaria.

Al cabo de un rato, ya habían comido, Sophie había acabado su tarea y Lucia había recogido la cocina.

– Nunca me cansaré de tu tortilla de patatas con cebolla Lucia. – le dijo Sophie relamiéndose y saboreando los últimos restos del café.

– Me encanta que te encante querida amiga. Voy a darme una ducha.

– Perfecto. Estaré por aquí.

Lucia se ducho, y se secó el pelo que aún humedecía desde esta mañana. A punto estaba de coger de su armario un pantalón de chándal para estar cómoda cuando en su Iphone, sonó el timbre de los mensajes.

Se angustió a la par que se emocionó.

“No voy a perdonarte. Llevas un par de días en Berlin y no me has dicho nada. Ya te vale!”

Ohhh, no. Era Ana. Es cierto! Le había dicho que la llamaría y no lo había hecho.

Ana era su amiga en Barcelona. Su amiga de toda la vida. Esas amigas que uno tiene porque se heredan, porque son parte de la vida, porque siempre han estado ahí. Como el que tiene un hermano o un primo. Era parte de su vida y de su familia. Habían estudiado juntas pero la vida la había vuelto una persona muy resentida y eso a Lucia, no le encantaba. Pero aun así, la quería. Ana podría ser extremadamente celosa y, a pesar de que Lucia sabía que en el fondo la adoraba, también sabía que la envidia por todo aquello que Lucia tenia pero, sobre todo, por cómo era.

Lucia se dispuso, aun sin vestir y desde el cuarto de baño, a contestar a Ana.

“Tienes toda la razón my Darling! Con el stress de la llegada ni siquiera pensé. Ya te contaré. Todo fenomenal. Bss”

Sabía que el mensaje no la convencería y que la interrogaría a mensajes hasta que acabaría llamándola para saber los detalles de su desembarco. Dejó el móvil de nuevo sobre la cómoda y con la puerta de la habitación abierta, volvió al baño para acabar de secarse el pelo.

De nuevo el timbre del mensaje sonó.

– ¡Esta chica es insaciable! – pensó.

Y en lugar de un mensaje de vuelta de Ana, encontró en la pantalla un número larguísimo que, aun sin conocer, pensó que podría ser el de Mario.

Se le activaron todos los sentidos. Se puso muy nerviosa. Le temblaban las manos tanto que el teclado digital de su teléfono no respondía a la orden de abrir el mensaje. Por fin lo abrió.

“Te lo dije. Ese minuto es tuyo. Quedamos en la Deutch Opera a las 8pm. ¿Te apetece el plan?

– Ohhh Dios mío. ¿Pero cómo sabe que me gusta la opera? Es perfecto. Perfecto. Perfecto!!!

Lucia gritaba dando saltos completamente desnuda y con una felicidad capaz de contagiar a todo el personal de un velatorio. No podía creérselo. Él iba a invitarla a la Opera. Él la había llamado. Él pensaba en ella. Era realmente fascinante la adrenalina que podía desprenderse de cada uno de sus gestos. La felicidad en estado puro.

Ese tipo de sentimientos sólo residen en momentos como ese. En realidad, el desconocimiento es uno de los mayores atractivos de una relación. Cuando todo puede estar sujeto a lo que uno desea, cuando todo depende de nuestra imaginación que, sin querer, diseñamos aquello que realmente, y de manera inconsciente, deseamos y ese momento, es insustituible.

– Sophieeeeeeee!!!!! – volvió a gritar desde su habitación.

– ¡Quéeee! – ¿Qué son esos gritos?

– A la-s-ocho-en-la-o-pe-ra!!! – le dijo mientras canturreaba la frase.

– Bueno. Has conseguido tu propósito mi pequeña – le dijo Sophie con un gesto mucho más sereno que el de Lucia.

– Y ¿Qué me pongo? – suspiró nerviosa.

– Cualquier cosa. Estarás bellísima con cualquier cosa.

************

Lista para salir. Un vestido negro con corte trapecio. Unas medias tupidas negras y unos zapatos de tacón negros. El toque de color lo daba el abrigo color cámel. Elegante y sencilla. Menos es más. Esa era su máxima.

Se despidió de Lucia y bajó las escaleras hacia la calle. Desde allí, alzó la vista y contempló el rostro de su amiga, un tanto comedida, diciéndole adiós con la mano. Era su momento y quería aprovecharlo.

Le dio las indicaciones al taxista con su alemán de diccionario, pero llegó, por lo que no debió hacerlo tan mal.

Cuando estuvo en la puerta, sintió tanto miedo que apenas podía mover las piernas.

Bajo del coche y esperó en la puerta. Había llegado muy justa de tiempo por lo que Mario no debería tardar demasiado en venir. La gente iba entrando y poco a poco la puerta principal iba quedándose solitaria y huérfana de espectadores expectantes. Lucia seguía allí. Esperando.

Faltaban escasos 5 minutos para empezar y Mario seguía sin aparecer.

– Demasiado bonito para ser real – pensó Lucia. No puede hacerme esto. No puede dejarme plantada aquí.

Pero la idea de que Mario no iba a aparecer cobraba cada vez más fuerza. La idea insistia en la cabeza de Lucia pretendiendo que se mentalizara de que todo había sido un cuento, un sueño, como el que había vivido esa misma mañana con él.

-No puedes hacerme esto Mario. Ahora no. – seguía pensando mientras miraba una y otra vez el reloj.

En ese momento se giró y después de los 20 minutos que llevaba en la puerta, advirtió la opera que estaba el cártel. Lucia di Lammermoor. Una de sus preferidas. Sus padre  le pusieron ese nombre gracias a esa opera. No podía creer que un plan tan romántico se frustrase por culpa de una traición de esa magnitud. No vendría. No se presentaría. Lucia estaba convencida. Miró el reloj una vez más. Faltaban cuatro minutos y Mario seguía sin aparecer.

– No voy a perdonártelo jamás Mario – se dijo a sí misma.

Y buscó en su bolso para coger un cigarrillo y calmar su desánimo y su decepción, aunque con ello traicionara su promesa de dejar de fumar.

Continuará….

 

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