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A medida que transcurrían los segundos se sentía prisionera y cautiva de su propio deseo.

A pesar de que en ninguna de sus conversaciones previas al encuentro había quedado latente la voluntad de ambos por estar juntos, algo le decía a ella que eso iba a ser así.

En sus últimos encuentros había fluido más el deseo. Las miradas parecían ser más intensas, más intencionadas, las insinuaciones se habían hecho hueco entre conversaciones banales y no tan banales, mostrando un coqueteo evidente por parte de ambos. Aun así, podría estar equivocada. Por supuesto. Podría ser otro de los devaneos que históricamente llevaban a cuestas sin haberse consumado en ninguno de los casos. Podría….pero algo le decía que esta vez no iba a ser así, e intentaba convencerse de ello mientras subía.

Pensaba…¿y si estuviera equivocada? lo cierto es que, suponiendo que al final la historia no fuese como esperaba, tampoco iba a sentirse decepcionada. En absoluto. Eran tantas las conversaciones, risas, llamadas, confesiones y momentos  que habían compartido a lo largo del tiempo que en realidad, el deseo que ella sentía por Mario era un tanto platónico. Era guapo, sin duda, pero no era una cuestión física lo que le llevaba a desearle y a querer entregarse a él. Era algo mucho más abstracto y también más complejo. Probablemente era un sentimiento que había ido tomando forma y creciendo demasiado sin haberlo pretendido y que se mostraba prohibido. Algo que había deseado durante mucho tiempo, tanto, que a veces dudaba de si realmente era eso lo que quería.

Quizás le atraía lo hermético que era o tal vez ese magnetismo especial que le envolvía. Sin duda su sonrisa. O quizás la manera en la que le miraba que le resultaba extremadamente sexy….Es un hombre muy sexy!! – pensó mientras sonreía.

Mario representaba para Lucia lo conocido, pero del mismo modo le resultaba desconocido. Nada ni nadie les relacionaba. No habían amigos comunes, ni espacios comunes…..Eran ella, él y el espacio que en cada momento decidieran compartir. Nada ni nadie podrían -a excepción de ellos mismos- juzgarles y esa situación le parecía inquietante y excitante.

Era parte de otra vida. Era argumento de otro cuento. Lucia con él era otra persona. Sin pasado, sin futuro, sin expectativas. Era libre y se mostraba libre y durante todo el tiempo que se habían dedicado desde que se conocían, siempre había sido así.

Sabía que tanto si ocurría como si no, podría mirarle a los ojos después de suceder. Podría abrazarlo, charlar y reír. Podría convertir el momento en algo poco trascendental, sin demasiados esfuerzos por parecer natural. Era natural de una manera sencilla.

Sabía que sus caricias no serian caricias sin identidad. Sus abrazos no estarían vacíos. Se querían. Pero aquel no era un amor como el que capaz de llenar páginas de novela rosa, ni digno de hacer morir a la protagonista de una opera romántica. No un amor por el que no vivir si no un amor con el que vivir. Se querían. Se miraban y se entendían y no sentían la pereza de explicarse la vida. Se conocían bien y eso hacia mucho más fácil el momento de compartirse.

Picó. Mil millones de mariposas revolotearon por su estomago en ese momento y la sensación le gustó. La mezcla de adrenalina y miedo que desprendía su piel mezclado con el perfume, el calor que invadía sus manos y su nuca…eran sensaciones que hacia demasiado tiempo que no sentía. Eran sensaciones características de este tipo de encuentros. Reconoció al instante esa manera de sentirse y creyó que era magnífico poder experimentarlo de nuevo después de tanto tiempo. Era todo un regalo.

El tiempo, a menudo,  no nos distancia tanto como creemos de los recuerdos cuando se trata de identificar situaciones con un olor o con un momento. Somos capaces de regresar a un lugar o de volver a sentir una mirada si conseguimos recrear de nuevo la sensación que nos lo provocó. Y somos capaces incluso de ponerles nombre y guardar en nuestro ropero aquellas que más nos aportan, aquellas que nos han hecho cambiar, las que nos han hecho pensar, sentir, las importantes, de la misma manera que somos capaces de descartar aquellas que nos provocan miedo o infelicidad y que nos han provocado dolor.  

Casi convencida de lo que quería hacer, subió en el ascensor.

Sus manos temblaron al acariciar el timbre. Hubiera preferido encontrarle en la puerta esperando con una de sus magnificas sonrisas y haberle ahorrado el tener que picar. Lucia esperaba un recibimiento que la convenciera de que allí es donde debía estar. Estaba tan asustada! Pero no fue así.

Al abrir la puerta Mario la recibió con absoluta normalidad. Con la normalidad de quién recibe a un cliente en un despacho, con la normalidad de quién ve a un amigo de la infancia, con la normalidad de quien le abre la puerta al vecino que pide sal….su mundo en ese momento se sumergió bajo tierra, trató de mostrar una sonrisa esplendida disfrazando la inseguridad y el miedo que sentía y tembló aún más si cabe.

En ese instante, Lucia sintió la amenaza de una cita condenada al fracaso. Sintió que debía salir corriendo, y confirmó sus sospechas de que se había equivocado. Miles de pensamientos bombardearon su mente y destrozaron su ego al mismo tiempo.El ego….ese incombustible compañero de viaje que necesitaba alimentar a diario y que a cambio le había jugado tan malas pasadas. Ese monstruo que tan pronto le hacia sentir una princesa como el ser más insignificante del universo. El ego, al que había tratado durante toda su vida de conocer y controlar, sin haber conseguido más que saber su nombre.  

Lo cierto es que él nunca había sido demasiado expresivo con lo que respecta a sus emociones, es cierto, pero el propio miedo que sentía le hacía ver indiferencia en cada poro de su piel, en todas las esquinas de aquella sala.

Hizo una rueda de reconocimiento al espacio. Recorrió visualmente cada rincón de aquel salón con la velocidad y la eficacia de un policía en busca de pruebas. Le pareció frío. Desde luego no le consideraba el típico hombre capaz de darle importancia a los detalles y encender velas pero le pareció extremadamente frío. Aunque pensándolo bien, la frialdad no estaba en aquella sala. La frialdad brotaba de su miedo, de ella misma.

Sus sospechas habían sido traicionadas por sus esperanzas y se sentía mal por haberse equivocado. Se sentía estúpida por no haber sido capaz de reconocer sus verdaderas intenciones. Sentía rabia y a Lucia, la rabia, solía ponerla a la defensiva.

– ¿Tu no habías estado aquí antes no? Le preguntó mientras acababa de recoger unos papeles que estaban revueltos sobre la mesa.

– Mmmm, no. –contesto escueta.

– Perdona el desorden…estaba trabajando en un tema y me despisté con la hora. Olvidé que habíamos quedado.

(Cómo podía haberlo olvidado!!) – tranquilo. Bajé la mirada y apenas sus palabras se oyeron.

– Ven, siéntate.

Se sentó con tanta ligereza que la sensación era más bien propia de levitar.

Charlaron durante unos diez minutos. La tensión podía incluso olerse y Lucia había perdido gran parte de la espontaneidad que le caracterizaba. Estaba tensa.

Hablaron de negocios. Incluso hablaron del tiempo. Le miraba y sentía que aquel era el momento pero, como en otras muchas ocasiones, el tiempo iba alejándolos y las oportunidades iban desvaneciéndose conforme las agujas del reloj avanzaban.

Le ofreció una copa de vino y ella la aceptó. Dios! cuanto la necesitaba. Hacia calor y el agotamiento que se deriva de  mantener la tensión, ayudado por los cuatros primeros sorbos del vino, la ayudaron a relajarse de manera instantánea. Se mostró entonces mucho más distendida y se mostró más ella. Más real.

Mario puso música y Lucia se relajó aún más. Era un Cd de música chill out. Prácticamente inapreciable pero agradable para escuchar de fondo. La típica música que uno puede escuchar durante horas sin advertir que sigue sonando. La música, amortiguaba el sonido de su respiración que era agitada y fuerte.

El vino, la música, el calor, …Lucia empezó a sentirse cada vez más cómoda y sintió, en un fugaz pensamiento, que debía disfrutar de una buena copa de vino y una noche con un amigo sin más. Sin pretensiones, sin objetivos. Desprovista de cualquier intención, agarrando el instante que le estaba empezando a proporcionar una sensación placentera y de bienestar.

No obstante, era imposible escapar a su mirada, a su sonrisa. Todo los esfuerzos de Lucia por no desearle resultaban absolutamente estériles y mientras él,  le explicaba no sé que acerca de un proyecto en China, que a ella, en circunstancias distintas, le hubiera parecido de lo más apasionante.

Entonces ella empezó a contarle acerca de sus nuevos proyectos. Inmersa en sus próximos planes empezó a emocionarse y a olvidarse del resto. Sus palabras mostraban la pasión con la que Lucia se enfrentaba a la vida, hablaba rápido y sus ojos chispeaban y desprendían felicidad. Él la miraba con expectación y entonces, cuando ella menos lo esperaba, él se acercó, la miró y sin escuchar con demasiada atención lo que explicaba, la besó.

El mundo de Lucia se paró instantemente.

 Los primeros segundos fueron lentos. Incluso mantuvo los ojos abiertos para observar cómo la expresión de su cara se transformaba en puro placer. Después la besó con tanta intensidad que su cuerpo por momentos se convirtió en líquido. Su vestido no alcanzaba a cubrir su piel. Sus pechos se dilataron, sus manos no conseguían abrazar su cuerpo. Fue un beso largo. Fue un beso lleno de paciencias, de momentos reprimidos, un beso lleno de ganas y también lleno de miedos.

Se estremecieron con el primitivismo propio de dos animales. Era dulce y era doloroso a la vez. Era poesía pura.

A la velocidad de la luz y con un sólo beso ya habrían alcanzado el orgasmo sino fuese por la propuesta que -en silencio-, se hicieron el uno al otro de retener en el tiempo y en los sentidos ese momento. No había prisa. No había límites. Tan sólo había deseo y un momento infinito sin espectadores, sin preguntas y mucho menos sin respuestas.

Acarició su cuello una y otra vez. Primero con los dedos, deslizándolos mientras dibujaba el contorno de su silueta y después con fuerza, rasgando con sus uñas la piel.

Incluso llegó a parecerle violento y esa sensación también le gustó. Le gustó aquella fuerza con la que le tomaba y la hacía cada vez más suya.

Sus labios no podían dejar de besarla y con sus manos, elegantes, grandes y fuertes, empezó a levantarle el vestido.

Se detuvo, la miró a los ojos  sintiendo su miedo y los dos entendieron que ese, era su momento.

Continuará….

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