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Ayer Coke me reclamaba cuando hablábamos por teléfono que debería escribir más acerca de nuestro “dentro” y no tanto acerca de nuestro “fuera”  Menos frivolidad! Menos moda y más pensamiento……Me reclaman mis amigas las intelectuales! Y si bien es cierto que en tiempos de crisis someternos al maltrato de lo que anda ahí fuera me parece una acción de lo más frustrante (y por supuesto mucho menos divertida que la moda), las situaciones cotidianas inspiran a escribir (y mucho!) y el hacerlo supone un crecimiento interno que no podemos desaprovechar. “La pornografía del dolor”, así interpretaba María José mi artículo cuando se lo explicaba. Y me pareció adecuado el título que ella le dio! de hecho….me pareció más que ideal!! Perfecto para hablaros de esa obligada democratización del dolor a la que nos vemos sometidos cuando acabamos de perder a alguien. Es tan duro como cierto.

Espero que también cuando se trata de nuestro “dentro” os gusten mis publicaciones.

Yours, April

Hace unos días estuve en un velatorio. Lo cierto es que uno se tiene que agarrar bien fuerte las emociones antes de cruzar el umbral del tanatorio para que no se le desborden los sentimientos (más de lo justo). Y a pesar de que los arquitectos consiguen dotar de líneas puras y bellos rasgos armoniosos los espacios de los tanatorios, se concentra tal cantidad de dolor allí dentro, que es imposible escaparse de la pena propia e incluso de la ajena.

Mientras avanzaba, con los sentimientos bien controladitos no fuese que me invadiera un alud de lagrimas de aquellos que te dejan cao, pensé en la crueldad que representa toda la liturgia de la que acompañamos la muerte. Ese trance gratuito e innecesario de revivir, contar y recrear en cuanto a si sufrió, a cómo fueron sus últimas horas, a lo bueno que era y a lo que ahora le echaremos de menos…..y así, con ese discurso que casi pierde valor de tanto repetirlo, la familia se pasa 48 horas seguidas llorando, sufriendo y en las que, ostentar la propia pena, se convierte en un acto egoísta puesto que lo democrático, lo justo, es compartirla con todo aquel que venga a ofrecernos su consuelo y su pésame. Un verdadero tráfico de emociones. Un absoluto teatro.

Uno jamás se acostumbra. En los últimos dos años he vivido esa experiencia 4 veces. Desde el lado más damnificado, desde el lado más doloroso y desde el lado más difícil.

Uno cree que llegará a dominar ese momento….de hecho, sabes lo que ocurre en el próximo minuto y ello debería de darte las herramientas para anticiparte, para controlar el dolor, para no someterte al circo de la tragedia y de la pena colectiva. Debería ofrecernos los recursos para saber gestionarlo en soledad, como el momento íntimo que es y que uno necesita….pero nuestra cultura nos obliga a pasar por ello y cuantas mas veces se vive, más se detesta esa manera de despedir a quienes hemos querido.

Deberíamos aprender de otros. Aquellos que organizan una fiesta, aquellos que proyectan videos conmemorativos, aquellos que sonríen y que comparten los mejores momentos. ¿Por qué para muchos esa manera de despedirse implica necesariamente no querer? ¿Por qué obligadamente debemos sufrir y demostrar que sufrimos para justificar social y públicamente como nos sentimos? Mi padre siempre repetía una frase….”la mujer del cesar no solo tiene que ser honrada sino parecerlo” No basta con sufrir, hay que esforzarse un poco más y conseguir que el mundo sepa que sufrimos. Eso es lo digno.

Y cuando pasa el momento del velatorio, la misa, los pésames, las tarjetitas donde reza que día y a que edad murió, los llantos, el cura, ….cuando todo eso pasa, cuando todo eso acaba….una recoge sus pedacitos de alma, se seca las lagrimas que en forma de okupa se han instalado en sus mejillas durante los últimos días, se arremanga el valor y la entereza y se dispone a querer olvidar. Olvidar un poco, solo hasta reponerse. Olvidar lo justo para no quebrar del todo el corazón. Olvidar en silencio hasta ser capaz de entender y asumir sin que ello provoque un dolor desgarrador que los últimos dos días no han conseguido amainar. Y entre tanta despedida publica, a veces, solo a veces, uno de se da cuenta de que no ha sido capaz de despedirse como le hubiera gustado. En ello estamos!

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