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Hablemos de hijos. Y hablemos también de educación.  Justo cuando nos invade el momento de la maternidad, y incluso a veces antes de que llegue, nos azota una cuestión  que pocas veces consigue una respuesta del todo absoluta.   ¿Educar desde el cariño o desde la disciplina?

Lo cierto es que nunca se consigue una postura radical en cuanto a cómo debemos hacerlo y a pesar de que es un debate abierto que se inicia en el momento en el que debemos escoger entre los best sellers “bésame mucho” o “duérmete niño”, muchas veces la decisión no está tanto en el convencimiento como en la inercia  que de nuestra propia personalidad se deriva. Pocas veces el raciocinio puede ganar la batalla a lo que sentimos en cada momento, y cuando lo hace, es a contra corazón costándonos alguna que otra noche sin dormir regodeándonos en el sentimiento de culpa.

Una (o uno) siempre entiende que es mejor hacerlo desde la disciplina. Al menos ese propósito fue el que a mí me hizo poner en marcha una campaña casi militar en mi casa. Por descuido o por firme convicción en ocasiones y ataviada con múltiples galones propio de la academia militar y un gesto casi-antipático que siempre refuerza las ordenes, empecé a olvidar los reconocimientos, los besos, los “te quieros” o los momentos a solas en silencio “por qué sí”. Porque en mi intento de ser una madre perfecta y hacer de mis hijos los hijos perfectos, no había cabida para un tiempo que no fuese estrictamente invertido en el aprendizaje, en la educación y en el buen hacer.

Es cierto que hay hijos más fáciles que otros. De hecho, el mundo está repleto de personas más fáciles que otras y el error, es educar por igual sin encontrar las diferencias que hay en cada uno de nosotros (aunque seamos pequeños) y que son en realidad las que nos hacen verdaderamente especiales cuando somos adultos. Entono en mea culpa con respecto a ello.

Yo olvidé mimar. No olvidé educar, criar, querer, proteger, acompañar y todas esas cosas que se suponen que hacemos las buenas madres, pero olvidé mimar. Y lo hice desde la absoluta certeza de que el “mimo” iba en detrimento de una buena educación. Interpreté el “mimo” como un mal-crio, como un consentimiento, como una inversión a hacer de mis hijos seres  sin carácter y sin coraje.  Me equivoqué! Cuanto me equivoqué! Porque hoy, después de 10 años y a punto de entrar en la  veteranía de la maternidad, se que lo único que vale la pena en este mundo mientras estas creciendo es sentirte querido, mimado, escuchado, consentido….porque ello hace de ti una persona segura, repleta de confianza, rebosante de ese sentimiento fantástico que es el de sentirte capaz de llegar a todo.

Estoy convencida (y ellos lo saben porque no dejo de repetírselo) que ellos están seguros que estoy aquí. Saben que lo he hecho por su bien, por su educación, por hacer de ellos personitas con capacidad para volar solos pero hoy  también se que podría haberlo hecho mejor. Se que la disciplina hay que reservarla sólo para momentos realmente necesarios y que el amor, el exceso de amor sin medida y sin horarios, hace de nosotros buenas personas capaces de amar.

No dejéis de hacerlo. No dejéis que los parámetros de una buena educación os priven de coger a vuestros pequeños en brazos tanto como os pidan. De “perder el tiempo” jugando en la playa con los castillos de arena a costa de perder ese idílico momento de tomar el sol en tranquilidad o de invertir millones de horas observando cómo crecen…porque ese momento, jamás vuelve y el sentimiento de poder haberlo hecho mejor es un castigo más que digno a los que hemos querido pecar de perfectos. Hoy lo sé y por eso esta misma noche voy a recuperar el tiempo perdido.

Yours, April

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